El Carpintero Persa Que Fracasó – Capítulo Final

[X] Por Umac Habla [ ] El Carpintero Persa Que Fracasó   24 de marzo del 2010

Anterior: Capítulo 12: El trágico y penoso juicio del fracasado y su no muy gloriosa salvación.

Capítulo 13

Donde se revela la más grande clave del fracaso y se acaba el libro.





Cuando llegó la treceava parte del relato, Umac dijo: “¡Escupo en tu caridad! ¡Me orino en tu cabeza! ¡Piso tu mugrosa ropa llena de escorpiones! ¿Eh? ¡Ah! ¡Rostro de brea tendrás tú!”

Y tras arrojarle una roca al caminante que se negó a dejar limosna, explicó a todos los presentes que ya sabían a que atenerse si se metían con él. Porque el maestro Umac Habla no se dejaba engañar de nadie ni hacía nada gratis. Prosiguió a darle entonces a su audiencia y a los fieles lectores el capítulo final, cuyas revelaciones habrán de revelar con claridad el secreto final para enfrentar el fracaso y aceptarlo con resignación, ya que no hay dignidad en ser un perdedor sin bienes que no puede alimentar a su familia.

Y así aconteció que al verse libre, Zibik abandonó su amada Persia en busca de un lugar donde las personas no consideraran la ebanistería como arte para amanerados incapaces de tallar la piedra. Y fue así que años después, en la ciudad de Bagdad, se encontraba sumido en la pobreza, compartiendo una esquina del mercado junto al maestro pordiosero Umac Habla, quien en aquella época intentaba vender su libro “Como Hacer Amigos Y Venderlos En Mercados De Esclavos”, un libro que ahora se encuentra perdido en las arenas del tiempo, pero que si lo recuperan pueden enviarlo de regreso a esta editorial.

A diario el Carpintero contaba sus desgracias, ante el oído atento de Umac, quien veía al fracasado como una fuente inagotable de humor. Pero en una tarde particularmente lenta, el maestro preguntó a Zibik qué sucedió tras haberlo perdido todo, incluso la honra y su familia, para que terminara en una vida tan desgraciada y miserable como aquella de los pordioseros a las afueras de los mercados, dependiendo de la limosna y arrastrando sus memorias de una vida mejor en un país lejano, en la que había podido ser un hombre importante si no hubiese sido un condenado idiota que ahora es olvidado por Alá, pregonando a otros ignorantes que compren las fruslerías en madera de las que depende su sustento, y que eran claramente un desperdicio de lo que alguna vez fue un gran talento.

Zibik lloró como lo hacen aquellas mujeres que descubren estar encinta mientras su marido lleva un año combatiendo en tierras lejanas y vive en casa de sus suegros. Y como es natural, relató su último fracaso.

Tras llegar a Bagdad, trayendo consigo todo lo que quedaba de sus bienes, se encontró con un viejo amigo que le reconoció y le permitió hablar de su situación, para después contarle el también su terrible historia personal.

-«Si tan sólo hubiese una persona de buen corazón que me prestase el dinero que me hace falta para comprar lo que necesito, no sentiría que Alá me ha abandonado y dejado a la deriva, porque yo soy una buena persona y yo le prestaría a quien me prestase su ayuda. ¿Qué es un hombre si sus amigos no prestan, inútiles son como cuchillos que no cortan? Es que el mundo está en mi contra, pero no lo entiendo. Yo no sería desagradecido.» - dijo su amigo.

Y fue así que un día como cualquier otro, el Carpintero hizo con su dinero algo peor que arrojarlo a los cerdos, lo prestó. Y por la confianza que tenía en la amistad, no se firmaron papeles, ni se acordó tampoco interés. Su amigo le dijo que esperara.

Pero con cada carta, la espera se extendía:

-«Un amigo de verdad no hace eso de estar persiguiéndole a uno como si no le fuese a pagar. No he terminado de recoger el dinero. Así que lo siento, pero por eso no he podido pagarle.»

-«Tenemos que revisar esas cuentas, las cuentas que yo tengo dicen que le debo menos de lo que en un momento me prestó. ¿Se olvida de aquel día en que le dejé quedarse en mi hogar para esconderse de sus acreedores y tuvo que usar mi ropa? Tenemos que descontar eso. Hablamos después.»

-«La verdad estoy cansado de este asuntico de los correos. Esto era un capital de riesgo y estoy haciendo mi negocio, siento que le estén cobrando, pero eso no tiene que ver conmigo, porque esos negocios son una cosa y el mío con su merced es otra. De todo corazón, su amigo.»

-«Apenas tenga la plata me quito de encima este problema. A mí me interesa también que deje de molestar. Esta gente es la que uno no puede considerar amigos, sólo dañan su imagen y nunca son capaces de agradecer la amistad. Así que apenas pueda, le pago, está en mi lista de pagos por hacer, pero tenía otros compromisos antes de mayor importancia.»

Y esperó.

Y esperó casi un año completo mientras sus propios acreedores, con hombres fornidos dispuestos a atravesar puñales bajo el amparo de la oscuridad, o si era el caso, con la complicidad de la luz del día, le despojaron de todo lo que le quedaba. Tenía las sandalias remendadas con sogas, la cara quemada de tanto recibir el sol mientras le golpeaban y la esperanza de volver a encontrar a su amigo, que ya no respondía sus cartas.

Un día se enteró que su amigo tenía una nueva tienda. Así que entró a la tienda con la esperanza de recuperar su dinero, pero su amigo se escondió y fue sacado del lugar por la autoridad. Nunca más pudo ver a su amigo o a su dinero después de eso.

Y una noche de esas en Bagdad, pocos días después de haber contado al maestro su último error, Zibik subió a lo alto de una duna, cayó de rodillas y se sintió muy débil. Los bereberes le robaron todo lo que llevaba puesto y lo abandonaron desnudo a su suerte. Cuando el maestro le encontró, tenía una sonrisa estúpida en sus labios y en sus manos una pequeña estatuilla en madera de un hombre sentado y pensativo que aceptaba su fracaso. Zibik había encontrado su tesoro y su gloria, en una baratija que hizo y nunca logró vender.

El maestro Habla suspende el relato por un momento, para decirnos que fue justo en ese momento, cuando vio a ese pordiosero agonizando, que comprendió lo que debía hacer para lograr su leyenda personal: Esperar a que muriese el fracasado para contar su historia y hacerse rico.

La lección final para todos aquellos que han prestado atención es esta:


Nunca prestes dinero. Nunca jamás.


El ejercicio final consiste en buscar amigos y hablarles de este libro, para que en caso de haber cometido alguno de los 13 grandes errores que llevan a la ruina, gasten el dinero con el que en otro caso hubiesen pagado por su comida, lean las enseñanzas y acepten sus desgracias con honestidad, en vez de creer que aprenderán algo que los ayude a superarse y convertirse en líderes, gente de tres ojos, homeópatas o alguna tontería de esas.

Tras impartir su enseñanza final, el maestro recolectó la limosna y a cambio de diez monedas de plata cedió los derechos de sus lecciones para ser impresas por esta editorial, que esperaba haber tomado una gran decisión. Pero fue el maestro, al tener el dinero en bolsillo quien hizo lo correcto, tras compartir sus enseñanzas.

Y después el maestro Habla se fue. Con mi reloj. Sin que me diese cuenta.


FIN


Foto por kanelstrand

 

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6 Respuestas para “El Carpintero Persa Que Fracasó – Capítulo Final”

  1. Estuve esperando este capítulo final y valió la espera!

  2. Muy buen fin.

  3. Me dejó totalmente satisfecha ^^. Gracias por esta serie de cuentos tan instructivos XD .

    Es publicable U_U . Insisto, me recuerdas mucho a Voltaire XD .

  4. Majestuosa obra digna de ser impuesta como lectura a los niños de básica primaria para que hagan del mundo un lugar mejor del que tenemos.

  5. ESTA MUY PADRE ESTA LECTURA Y MUY INTERESANTE

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