El Carpintero Persa Que Fracasó – Capítulo 4
Por Umac Habla
El Carpintero Persa Que Fracasó 21 de octubre del 2009
Capítulo 4
Donde el incauto cree en el hombre de Alá, y esto le trae nuevas desgracias.
La noche llegó para dar paso a una nueva serie de amarguras a Zibik, que no estaba contento con aquellas que ya tenía en su haber.
De sus ojos fluían abundantes lágrimas, cual jovencita que sabe que será entregada en matrimonio a un recaudador de impuestos.
Todo estaba perdido. Sus diminutas partes nobles las arrancarían, las picarían frente a sus ojos, les agregarían especias picantes y le obligarían a comerlas así, sin agua para pasarlas. Eso estaba en el segundo párrafo de claúsulas de incumplimiento del contrato con el rey. Y eso era si daba disculpas y su esposa podía satisfacer los más bajos deseos del rey. Estaba perdido.
Así que para mantener su cadáver intacto, había tomado la decisión de acabar con su vida. Era lo más sabio que podía hacer, pero le resultaba imposible hacerlo, ya que era un completo cobarde.
Por eso, su contemplación de la muerte duró hasta primeras horas del alba, cuando tocaron a su puerta.
Era Alá. Bueno, al menos uno de sus nobles representantes en Persia, un hombre vestido blanco inmaculado que le preguntó si quería ser salvado. En un acto de estupidez que solicito a los lectores evitar, Zibik creyó que era una idea espléndida recibir al predicador en su hogar.
El hombre barbudo le dijo que era Alá el que había deseado que el día de hoy entrara en su vida, porque era su destino creer en él para ser salvado y llegar al paraíso a salvo, creyendo en la única fe verdadera. Su narración abarcó desde el momento de la creación hasta los mensajes del profeta, y Zibik escuchó con atención, ya que creía que era una señal del amor de Alá por su miserable persona. Estaba seguro de que le diría lo que tenía que hacer para poder evitar que sus testículos fueran separados del cuerpo que tanto los amaba. Esto tomó toda la mañana. Y gran parte de la tarde.
El profeta pedía muchas cosas de él, entre otras que no se cuestionasen sus palabras aunque parecieran contradecirse entre sí, y que los enemigos eran los infieles y las mujeres que mostraban su piel. Zibik estaba seguro de que Alá estaba transmitiendo sus palabras a través de este hombre, porque para él era claro que todo era culpa de ellos. Sobre todo de las mujeres que mostraban su piel y lo distraían mientras le despojaban de su dinero.
Si cumplía las ordenes del profeta, tendría todo aquello que deseara, en tanto lo deseara con suficiente devoción.
Zibik pensó eso por un instante y una parte de él, que no siempre funcionaba, comenzó a dudar.
«¿Entonces para qué debo entregar dinero al profeta si éste lo puede tener con sólo desearlo?» – preguntó Zibik. «¿O para que necesito a los predicadores si puedo hacer lo mismo solo?»

El hombre de Alá lo miró con rostro de auténtica indignación previamente ensayada.
«¡Calla esa boca poseída por los Jinni! No puedes lograr acceso al paraíso sin la guía espiritual adecuada. Necesitas el buen libro, la guía para entender el gran libro, el recital de frases aprobadas para alabar a Alá y asistir a sesiones de empoderamiento para que seas digno de Alá.»
Y Zibik… se lo creyó.
«Y si tomas la promoción de hoy, al comprar los libros y pagar por adelantado al menos seis sesiones, se te incluye perfectamente gratis una cuerda de lana de la cabra favorita del profeta, con la que guardó una relación respetuosa y casta hasta su muerte.»
Fue así que el necio gastó más de su escaso dinero y perdió varios días memorizando frases de superación personal, hasta que en una de las sesiones de empoderamiento le llegó la nota de “¡Eres el feliz ganador de una entrada al paraíso!”. Todos lo abrazaron y le felicitaron.
Era un ganador. Eso se sentía bien.
Hasta que Sharmoota le explicó que para ganar ese premio tenía que hacer entrega de todos sus bienes al culto e inmolarse públicamente asesinando infieles o mujeres que mostraran piel. Se le prometía más vírgenes en proporción al número de muertos.
«¿Inmolarse implica morir?» – preguntó el pobre y confundido Zibik.
Sharmoota sonrío con la sonrisa resignada que sólo puede tener la mujer que se ve obligada a compartir su vida con un estúpido que le trae la ruina.
Fue entonces cuando Zibik volvió a encerrarse en su taller, más pobre de lo que era antes que el culto tocara su puerta y con la misma cantidad de trabajo que llevaba cuando comenzó este nuevo capítulo de su cómica desgracia.
En este instante, el maestro detiene su narración para rascarse en sus partes privadas y señalar la lección que deben aprender los lectores más lentos y el ejercicio que deben realizar.
No creas en tonterías si tienes que pagar por creerlas.
El ejercicio del día consiste en abrir y cerrar la puerta rápidamente diciendo “No, gracias”. Es importante que se desarrolle velocidad para que cuando cierre la puerta impacte en el rostro de los predicadores a domicilio de un modo contundente. Haz esto por lo menos diez veces cada día.
Así lo ha dicho el Maestro Habla.
Foto por zeyneeep
Sigue: Capítulo 5 – En el que se aprende que hay cosas malas que pueden darte mucho dinero.
@tiaxime
¿Cómo se le va a quitar el empleo de esta manera a Jorge Duque Linares?