El Carpintero Persa Que Fracasó – Capítulo 12

[X] Por Umac Habla [ ] El Carpintero Persa Que Fracasó   16 de marzo del 2010

Anterior: Capítulo 11: Donde el Carpintero deja todo en manos de un ganador.

Capítulo 12

El trágico y penoso juicio del fracasado y su no muy gloriosa salvación.



El abogado de Zibik salió victorioso del juicio. Vendió todas las copias de su libro y todos los kits de acondicionamiento físico que tenía en su haber. Prometió que volvería con más kits al día siguiente. Todos se habían contagiado de su entusiasmo, incluso Zibik, que compró 3 kits a crédito, pero ahora se sentía un tanto ridículo llevando su pulsera magnética de poder con las cadenas y los grilletes. Una vez más estaba sólo y a la deriva. Por suerte, el rey quiso ir a estrenar su kit en compañía de su esposa, es decir, la esposa de Zibik. El juicio se postergaría una semana.

Fue una semana espantosa, desde cualquier punto de vista y el de Zibik usualmente fue el de un rincón de su celda, boca abajo. Le ahorraré a mis lectores los detalles jugosos para que no suspendan la lectura y huyan a ocultarse bajo sus camas, pero diré que el fracasado niega que haya ocurrido suceso alguno al interior de su celda, o fuera de ella, y que desde entonces cuando duerme se arropa cubriendo su cuerpo por entero, temblando hasta que llega la luz del día. Cada noche, horror indescriptible, cada día, continuar trabajando en el trono que seguía debiendo al rey, con tal que su cuerpo no fuese juzgado por separado.

Cuando fue llamado a la nueva sesión de su juicio difícilmente podía caminar… porque había dormido muy poco y llorado toda la noche anterior. Había muy poca gente en esta ocasión. Sólo el visir, dos guardias eunucos, el fiscal, el verdugo y el rey.

«Hagamos esto rápido y limpiamente. No sabemos cuanto tiempo tenemos antes que lleguen los rebeldes -dijo el visir.

«Los informes dicen que están lo suficientemente lejos. A unos dos días de distancia. No hay prisa. Es probable que se mueran de hambre en el desierto.» -dijo el rey Comosellame.

«Pero señor, durante la pasada rebelión los guerreros eran tan feroces que se comían a los más débiles con tal de sobrevivir.» -dijo el visir.

«Yo sé, esa fue una gran rebelión. Comíamos carne humana casi todos los días. Es increíble como gira la rueda del destino. En esos días, yo luchaba por la justicia y la libertad y me enfrentaba a un tirano opresor. Ahora soy un buen rey que tiene como deber poner en su sitio a una manada de salvajes terroristas. Todavía recuerdo la cara de sorpresa de mi padre al verme vivo. Tenía muchas ganas de abrazarlo, pero fue mejor atravesar su pecho con una espada y escupir sobre su cadaver. Buenos tiempos aquellos. Excepto por el viejo trono, era un mueble viejo y mal hecho. Este tiene madera enchapada en oro, loza fina, incrustaciones de marfil, leones de marfil, caballos de marfil, reproducciones en bajorrelieve de elefantes… hechas en marfil, creo que está bastante bien hecho, tiene todo lo que me gusta. ¿Tiene algo que decir el ebanista antes de ser decapitado?»

«Por favor su majestad, no me haga esto, no quiero morir todavía.» -gritó Zibik.

«Sabias palabras, algo comunes, pero nunca pasan de moda. Pueden proceder a… ¿olvidó usted por alguna casualidad del destino incluir la placa de hierro en el espaldar que especifiqué que debía tener este trono?» -dijo el rey.

Zibik sintió como sus esfínteres se liberaron y dejaban caer todo lo que guardaban.

«Es, ejem, probable. No, creo que no la puse, pero puedo ponerla ahora, si no es mucha molestia y me permiten vivir por unos minutos más.» -aseguró Zibik, con lo más parecido a una sonrisa que podía fingir llorando.

«No importa, ya no importa.» -dijo el gran rey Comosellame con su último aliento.

La espada que atravesó el pecho del rey fue retirada con todo el ruido que no hizo al entrar. Y la mano tras la espada era la del extranjero que había estado con él en su celda, ese mismo al que permitió escapar por las cloacas. Su buena acción había sido recompensada. Alá había escuchado sus ruegos e ignorado las maldiciones que había dirigido en su nombre cada noche de la semana anterior al estar mordiendo el cal de las paredes de su celda. ¡Se había salvado!

El corpulento extranjero gritó en su lengua llena de ‘k’s y ‘und’s algo que no lograba entender, pero que el visir había traducido de inmediato como “Es hora de ser libres, la justicia ha llegado a este reino”. Después dijo otra cosa más y el visir se le acercó a decir algo a su oído. El extranjero asintió.

El visir dijo “Pero no se preocupen, no voy a acabar con la propiedad privada, ni la esclavitud, ni los juegos de azar. Y no pienso gravar nuevos impuestos.”

Zibik era feliz. Era nuevamente un hombre libre y el nuevo rey era su mejor amigo en este mundo. En su cabeza se veía a si mismo como el visir en lugar del visir, con un alto cargo diplomático y un harén para propio, protegido por eunucos invertidos y conformado por mujeres que nunca hubiesen visto un varón en sus vidas. Estas mujeres no le mentirían al decir “Es el más grande que he visto en mi vida” ni “Eres el único hombre con el que he estado”. Y tendría nuevos hijos, todos varones, que llevarían su apellido y se dedicarían a las artes. Y todos reirían juntos al recordar aquellos tristes días en que vivía de ser un pobre carpintero. Todo saldría bien esta vez.

Su antiguo compañero de celda volvió a decir cosas que sonaban como si triturara las vocales mientras gritaba.

«”Lo primero que haré en mi reinado será agradecer a quienes me salvaron de morir.”»

El fracasado no cabía de felicidad, sentía como le libraban de sus cadenas de las manos cuando vio como se acercaban Sharmoota y su hija a abrazarse a las rodillas del extranjero, mientras este levantaba su espada en gesto glorioso.

«”Estas mujeres con su amor y su pasión me sacaron de las cloacas y me cuidaron hasta que recuperé mis fuerzas. Ellas llevarán en sus vientres a mi descendencia. Y por último…”»

Por un minúsculo instante, Zibik conservó la llama de la ilusión hasta que vio como el extranjero destrozó con tres golpes de su espada el trono que tantos meses pasó elaborando con dedicación.

«”Los tronos de madera son para afeminados, yo quiero una silla de piedra.”»

Con sueños destrozados, ropa interior manchada y dignidad socavada, el maestro Umac da por finalizado el penúltimo capítulo de esta penosa saga, para ir a rascarse en sus zonas privadas lo que no sabe si es un lunar o una garrapata. Antes de partir, retira con cuidado algo que tiene metido en la uña larga y sucia de su dedo índice y escribe en la arena la lección de esta ocasión:


No esperes gratitud.


El ejercicio de esta ocasión consiste en cada día poner la mano izquierda en tu propio cuello, después la derecha, y presionar con fuerza hasta que sientas que se te acaba el aire. Después soltar y volver a repetir la acción al estar desprevenido. De este modo, cuando te traicionen en tu buena fe, ya no te sorprenderán.

Así dice el maestro Habla.

Foto por R@|d3R6

Sigue: Capítulo 13 – Donde se revela la más grande clave del fracaso y se acaba el libro.

 

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