El Carpintero Persa Que Fracasó – Capítulo 10
Por Umac Habla
El Carpintero Persa Que Fracasó 9 de febrero del 2010
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Capítulo 10
En el cual el fracasado regresa a sus errores.
Un delicioso beso con sabor a almendras y almíbar se planta sobre unos labios húmedos, que se encontraban suspirando y gimiendo, para continuar chupando los suaves labios, sus lenguas intercambiando saliva y pasión descontrolada. Como se pueden imaginar, Zibik no es ninguno de los involucrados en el beso.
Nuestro magnífico (y muy graduado perdedor) se encontraba días antes en la cima de la montaña, contemplando el vasto desierto a sus pies. Lo que vio lo dejó extasiado. Era una vista grandiosa que le permitía ver la majestuosidad con la que todo sucede en el desierto.
Los bereberes se veían como pequeñas hormiguitas que se apuñalaban entre sí dejando rastros de azúcar en las dunas. Las sectas de cristianos que recorrían el camino se dispersaban ante la ausencia de agua y de dinero. Y la gente que les arrojaba lanzas. Y aquí y allá podían verse los pobres tontos que morían de sed en medio de horribles alucinaciones, muchos de ellos, a pocos metros de las aguas del oasis. Zibik se sentía grande, como si fuese el milagro más grande del mundo. Sentía que su vida tenía propósito y que no había adversidad que no pudiese superar. Estaba claramente volviendo a recorrer el camino que habría de llevarlo a su desgracia, para el disfrute de mis dos o tres lectores con desordenes mentales.

El Maestro De Las Ventas veía con tristeza lo que pasaba con su discípulo. Más de un hombre antes había caído en el error de dejarse llevar demasiado lejos por sus recuerdos. Y esta piltrafa humana subnormal recién graduada en el arte de autoengañarse no sólo estaba creyendo que el futuro no era tan malo, comenzaba a creer que el pasado era tan bueno que debía regresar a él.
Verán, Zibik sufría de eso que llaman “el síndrome del tío mitómano”, un mal genético que sufre al menos un miembro de cualquier familia, excepto el tío mitómano. Este común síndrome consiste en ver la vida como una serie de éxitos inigualables, grandes conquistas y cualidades físicas donde claramente se carece de cualquiera de los tres elementos en cualquier aspecto de su vida. En este momento, se veía a sí mismo como el magnífico Carpintero Persa, comisionado personalmente por el rey para elaborar su magnífico trono que ha de ser la envidia de millones; su obra maestra sería el objeto de leyendas, en tanto la terminara en su impresionante taller, en el que cientos de aprendices se pelean por aprender su impresionante arte como ebanista. Y su esposa, Sharmoota, lo espera con las piernas abiertas de par en par, porque él es el mejor amante del mundo y el más constante y resistente; su tamaño es la envidia de muchos caballos… y ninguna mujer desea a otro hombre una vez ha probado sus deliciosos y adictivos fluidos. En su versión de la historia, él es además un hombre rico, con un corazón de oro y respetado por todos los que lo conocen. Su único pecado ha sido ser demasiado bueno.
Lo cual, es el comportamiento normal en cualquier tío mitómano, excepto por la parte en que lo dice en voz alta narrando su vida inventada en tercera persona a su maestro.
Y fue así que Zibik se puso sus mejores ropas, y partió rumbo a Persia nuevamente. Su viaje fue aburrido y la pasó muriendo de sed. Pero en su versión de la historia quedaría dicho que había enfrentado a ladrones con una sola mano (es decir, Zibik se defendía con una sola mano de ladrones que no eran mancos), que encontró a Alá en el desierto y este le entregó el secreto de la vida encarnado en un majestuoso escarabajo negro; que conoció a un alquimista que le hizo dar vueltas hasta volver al mismo lugar para encontrarse a sí mismo, y comió la carne de exóticos animales que definitivamente no eran los camellos en descomposición que los bereberes le vieron comer. Su caminar fue arduo porque no hizo más que mirar a las estrellas contemplando la inconmensurable grandiosidad de sus sorprendentes y nada exageradas aventuras. Hasta que así, tras un largo y accidentado recorrido, pudo llegar a su hogar, con la ropa hecha jirones y el cabello sucio y desordenado, como cualquier mesías de los judíos.
Su hogar, que si no sufriera del síndrome del tío mitómano, le hubiese sorprendido, estaba radicalmente cambiado desde la última vez: En su fachada no había caricaturas de su rostro con un gigantesco falo peludo en la boca, ni manchas de las heces que le habían sido arrojadas. Al interior, el lujo prevalecía. Había alfombras que acariciaban con lujurioso cariño los pies que sobre ellas andaban, los más fabulosos cristales iluminaban su morada, los aromas del incienso refrescaban la antes apestosa residencia… en resumen, su hogar era digno de un rey, el que por cierto se encontraba en la habitación principal con su esposa y su hija, ensayando lecciones de El Jardín Perfumado.
Mientras los lectores menos inteligentes contemplan con sorpresa los eventos de este capítulo, el maestro Habla solicita ir a una letrina a que lo dejen solo con su imaginación por un instante. Antes de irse, quiere darles una lección, pero se conforma con decirles la que corresponde a esta fracción de la saga de El Carpintero Persa Que Fracasó:
Los recuerdos siempre se ven mejores de lo que realmente fueron.
El ejercicio de este capítulo es muy sencillo. Cada vez que te embargue la nostalgia, recuerda que los únicos que hacen eso son los viejos, y éstos huelen muy mal y son incapaces de contener su orina por mucho tiempo, como el maestro Habla, que necesita llegar a la letrina antes de mojar su pañal.
Así dice el maestro Habla.
Foto por fatguyinalittlecoat
Sigue: Capítulo 11 – Donde el Carpintero deja todo en manos de un ganador.
@tiaxime
Grosso…
A partir de ahora me valdrá madre el pasado.