Las delicias del dolor ajeno

[X] Por Tia Xime [ ] Consejos   8 de febrero del 2013

Hay días en que pienso que no hago nada útil con mi vida, que tal vez debería esforzarme y cambiar mi modus operandi, correr un poco, tomar clases de esgrima, dejar de fumar (al menos nicotina), bajarle al café, entrar a un gimnasio, bajar de peso, volver a estudiar… esas cosas que se supone te pueden hacer mejor persona. Y después abro Twitter.

Diez minutos y me olvido de progresar. Ese es el efecto de las redes sociales y mi verdadera razón para frecuentarlas. Lo cual es mejor que dedicarme a seguir con mi vida y dedicarme a mis propios asuntos.

Dejo que la red me convierta en la vieja chismosa que siempre temí ser cuando envejeciera, sin tener que esconderme detrás de cortinas o exponerme a los dañinos rayos solares en las escaleras de la entrada. Veo las parejas romperse, los profesionales mintiendo sobre sus credenciales, los coqueteos velados y los presidentes quedar en ridículo.

¿Quién creería que los políticos tienen los mismos problemas gramaticales de las pre-adolescentes?

En algunos casos se trata de cosas sencillas, como saber que esa persona que detestas está pasando por una horrible calamidad familiar, que sus maridos les pusieron cuernos, que descubrieron que tienen cáncer de colon, que perdieron sus piernas en un accidente de ciclismo o que el bebé de esa persona que sube fotos de sus gatos sin parar murió de toxoplasmosis. En otras ocasiones, ves como la vida entera de una persona se desbarata frente a tus ojos, palabra a palabra, mientras expone todo lo que siente en público. Todo porque olvidó escribir algo como un mensaje privado. Hay gente a la que le cuesta entender que sus sentimientos no importan.

A veces, se trata de entidades enteras. Compañías telefónicas, eléctricas, departamentos de policía, sectas religiosas, gobiernos que creyeron en algún momento que todos los amaban, por lo que cometieron el error de dejar “un espacio de contacto con los clientes por Internet”. Y de repente, aprenden que hay maneras peores y más costosas de avergonzarse en Internet que enviar fotos de genitales por correo electrónico.

El dolor ajeno es delicioso. Al punto que para saborearlo debidamente hay que dejarlo cocinarse un poco más.

Mi problema es que siento que en la actualidad la gente no tiene paciencia para dejar que un evento bochornoso se desarrolle por completo antes de atacarlo. Siempre se habla de indignación, cuando se trata de ostracismo. El problema de ese tipo de reacción, es que puede tratarse de un error y después toca hacer esa degradación horrible y baja que es “disculparse”. No lo recomiendo en lo absoluto. Puede hacerte sentir fatal y llevarte a cometer la osadía de respetar el dolor ajeno. Peor, podría llevarte a tratar de aliviarlo.

Ahora que podemos juzgar de manera definitiva basada en lo que las personas escriben en Internet, hemos creado un ambiente de miedo a expresar todo lo que nos pasa por la cabeza. Pretendemos ser mejores personas y vivir mejores vidas con tal de evitar el escarnio público. Gracias a eso, la presión es mayor. En cualquier momento podemos estallar y tener nuestro propio momento de fama, basado en una infortunada combinación de eventos y palabras. Mañana podrías ser tú.

Tía Xime,
Schadenfreude… definitivamente todo suena más sucio en Alemán.

Imagen de dullhunk

 

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3 Respuestas para “Las delicias del dolor ajeno”

  1. Genial! Ya se te extrañaba, querida!!

  2. El dolor de crear tensión pero para luego liberarla me gusta, los otros no tanto, pero me han sido útiles…Los pendejos que hacen eso son pendejos, y todo su dinero los hará feliz? No se realmente, nunca he estado en sus finos zapatos, pues quien sabe..mejor que ellos

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